martes, 14 de octubre de 2008

DEMÓSTENES

DEMÓSTENES





El joven Demóstenes soñaba con ser un gran orador,
sin embargo este propósito parecía una locura desde
todo punto de vista.

Su trabajo era humilde, y de extenuantes horas a
la intemperie.

No tenía el dinero para pagar a sus maestros,
ni ningún tipo de conocimientos.

Además tenía otra gran limitación: Era tartamudo.

Demóstenes sabía que la persistencia y la
tenacidad hacen milagros y, cultivando estas
virtudes, pudo asistir a los discursos de los
oradores y filósofos más prominentes de la época.
Hasta tuvo la oportunidad de ver al mismísimo Platón
exponer sus teorías.

Ansioso por empezar, no perdió tiempo en preparar
su primer discurso.

Su entusiasmo duro poco: La presentación fue un desastre.

A la tercera frase fue
interrumpido por los gritos de protesta de la audiencia:

- ¿Para qué nos repite diez veces la misma frase?
-dijo un hombre seguido de las carcajadas del público.

- ¡Hable más alto! -exclamó otro-. No se escucha,
¡ponga el aire en sus pulmones y no en su cerebro!

Las burlas acentuaron el nerviosismo y el tartamudeo
de Demóstenes, quien se retiró entre los abucheos sin
siquiera terminar su discurso.

Cualquier otra persona hubiera olvidado sus sueños
para siempre. Fueron muchos los que le aconsejaron -y
muchos otros los que lo humillaron- para que desistiera
de tan absurdo propósito.

En vez de sentirse desanimado, Demóstenes tomaba esas
afirmaciones como un desafió, como un juego que él
quería ganar.

Usaba la frustración para agrandarse, para llenarse
de fuerza, para mirar más lejos. Sabía que los premios
de la vida eran para quienes tenían la paciencia y
persistencia de saber crecer.

- Tengo que trabajar en mi estilo.- se decía a sí
mismo.

Así fue que se embarcó en la aventura de hacer todo
lo necesario para superar las adversas circunstancias
que lo rodeaban.

Se afeitó la cabeza, para así resistir la tentación
de salir a las calles. De este modo, día a día, se aislaba
hasta el amanecer practicando.

En los atardeceres corría por las playas, gritándole
al sol con todas sus fuerzas, para así ejercitar sus
pulmones.

Más entrada la noche, se llenaba la boca con piedras
y se ponía un cuchillo afilado entre los dientes para
forzarse a hablar sin tartamudear.

Al regresar a la casa se paraba durante horas frente
a un espejo para mejorar su postura y sus gestos.

Así pasaron meses y años, antes de que de que
reapareciera de nuevo ante la asamblea defendiendo con
éxito a un fabricante de lámparas, a quien sus ingratos
hijos le querían arrebatar su patrimonio.

En esta ocasión la seguridad, la elocuencia y la
sabiduría de Demóstenes fue ovacionada por el público
hasta el cansancio.

Demóstenes fue posteriormente elegido como embajador de
la ciudad.

Su persistencia convirtió las piedras del camino en las
rocas sobre las cuales levantó sus sueños.

http://www.clubpositivo.com/e-amigo.htm

COLABORACION DE Carlos Devis

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