viernes, 18 de septiembre de 2009

Un gobierno preso de su propio estilo

Un gobierno preso de su propio estilo



DIARIO EL LITORAL DE SANTA FE http://www.ellitoral.com/




La confrontación permanente sólo puede generar reacciones confrontativas. Tratar como enemigo a todo el que piense diferente pondrá a la defensiva al que se siente atacado. Cuando un gobierno actúa de esta manera, tarde o temprano quedará encerrado en su propia lógica y el país todo se perjudica.






Ejemplos en este sentido abundan. La relación resquebrajada entre el kirchnerismo y el campo viene desgastando a ambos bandos desde hace más de un año y medio. Ente tanto, dicho enfrentamiento hizo que el país perdiera importantes posibilidades de expansión económica.



La llegada en masa de inspectores de la Afip a las empresas vinculadas con el grupo Clarín es otro ejemplo. En cualquier país donde las instituciones públicas funcionen según los principios republicanos y ajustados a la ley, nadie podría oponerse a este tipo de inspecciones tendientes a detectar posibles irregularidades. Pero un operativo de control tiene reglas, y si se cumple en el marco de la Constitución, jamás puede ser intimidatorio.



Sin embargo, dicho operativo quedó inmediatamente sospechado de formar parte de una estrategia de presión del gobierno hacia quien considera como uno de sus principales enemigos. Las sospechas quedaron confirmadas cuando la máxima autoridad de la Afip, Ricardo Etchegaray, aseguró que no fue él quien envió a los “sabuesos” para que “coparan” varios edificios de Clarín.



El proyecto oficial de la nueva ley de medios está preso del mismo contexto confrontativo. Nadie en la Argentina está en desacuerdo con la revisión de la ley vigente, pero la obsesión del gobierno por debilitar y poner de rodillas a sectores independientes de la comunicación social ha bloqueado cualquier búsqueda de consensos. El buen sentido indica que no se debería avanzar en el contenido de una ley tan importante si no se logran acuerdos de fondo, si se imponen plazos acotados al debate, si se condena a todo aquel que no coincide plenamente con el proyecto oficial, y si se plantea una vez más el escenario como un campo de batalla.




Incluso la relación de los Kirchner con sus vicepresidentes estuvo y está teñida por dicha lógica. Cuando Daniel Scioli ocupaba el cargo, debió sufrir desplantes y maltratos en reiteradas oportunidades. El ex corredor de motonáutica optó por soportar los cachetazos y llegó a la Gobernación de Buenos Aires.



Julio Cobos, en cambio, decidió adoptar otra postura. El mendocino tomó la también cuestionable decisión de transformar su despacho del Senado de la Nación en una oficina de campaña, donde desfilan dirigentes opositores más preocupados por debilitar al kirchnerismo que por alcanzar acuerdos en beneficio del país.



Lo más preocupante no es el futuro de los Kirchner, ni de sus potenciales enemigos. Lo lamentable es que, mientras tanto, el país sigue convertido en un enorme campo de lucha. Así, el tiempo pasa, las oportunidades se diluyen y la sociedad sufre.

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